
Miércoles, 16 de enero, 1963
Querida madre:
Muchas gracias por tu carta y por el cheque. Poco a poco me voy recuperando de la gripe, pero el cansancio y la debilidad de la convalecencia me sacan de casillas. Cuando estuve peor tuve una enfermera de día toda la semana, los niños tenían mucha temperatura...pero después la enfermera también se resfrió y tuvo que irse a casa; tanto mejor, pues me costo todo aquel cheque de cincuenta dólares; son carísimas.....
La otra noche salí para un pequeño trabajo para la BBC y fue muy agradable; se trataba de una reseña sobre un libro de poesía americana y me invitaron a bocadillos y bebidas. También tengo un encargo para escribir un artículo divertido, pero no he tenido tiempo ni energías para concentrarme en ello.
Todavía tengo que terminar de coser las cortinas para los dormitorios...he de comprar una alfombra para la escalera y algunas otras cosas. Pero es tan difícil salir con los niños...
Parece como si hubiese perdido toda identidad bajo la avalancha de decisiones y responsabilidades a que me he visto sometida durante estos últimos seis meses....
Pero saber que otras personas tienen problemas similares me da fuerzas. Espero ganar los suficiente escribiendo como para pagar la mitad de mis gastos. Lo duro, este primer año, es tener que empezar de cero. Y si –no paro de pensar- , y si tuviese un golpe de suerte y consiguiese escribir, por ejemplo, una novela de verdadero éxito y pudiese comprar esta casa....este es mi sueño. ¡Cuánto me gustaría vivir de lo que escribo! Pero necesito tiempo.
Creo que lo que me hace falta es alguien que me anime, diciéndome que hasta ahora lo he hecho todo muy bien.[1]
.................
Esta carta la escribió Sylvia Plath desde Londres, a su madre en Norteamérica, 26 días antes de suicidarse, a los 30 años de edad. Hacía apenas tres años que había publicado su primer libro: El coloso y otros poemas. Había vivido acontecimientos buenos y malos y había aprendido muchísimo. Se había convertido en madre, había profundizado en su propia existencia como mujer y se había separado de su esposo, el poeta inglés Ted Hughes.
Había encontrado su propia voz, escribiendo poemas sinceros y claros, de una fuerza implacable y de gran perfección técnica. Se había convertido en una poeta con una personalidad única.
Y precisamente cuando conseguía todo esto, debido a cambios en su vida personal que habían despertado antiguos temores y depresiones y a una salud debilitada por la gripe y la soledad, su ímpetu cesó.
La mujer que había deseado únicamente escribir, se preguntaba ahora por qué había trabajado tan infatigablemente. “Las palabras áridas y sin jinete”, no parecían ser la solución a su dilema.[2]
Sylvia Plath nació en Boston el 27 de octubre de 1932. Su padre, un destacado biólogo alemán, murió cuando ella tenía 8 años, entonces Sylvia empezó a escribir. Cuenta que descubrió el hechizo de la poesía mientras su madre le leía poemas.
Asistió a los mejores colegios, destacándose en todas las disciplinas y obteniendo beca tras beca.
A los 19 años ganó un premio para ser redactora durante un mes en una revista neoyorquina. Relató esta etapa de su vida en la novela La campana de cristal, publicada un mes antes de su muerte bajo un seudónimo.
De regreso en Boston, su estado psíquico hizo crisis e intentó suicidarse. Luego de tomar una gran cantidad de somníferos, permaneció encerrada dos díos y medio en el sótano de su casa.
A lo largo de toda su carrera de estudiante escribió cuentos y poemas y los publicó en diarios y revistas, ganando algo de dinero por esto. Sylvia, ya desde la adolescencia, se sintió una escritora profesional, decidida a vivir de la escritura.
En 1955 ganó una beca para estudiar en Cambridge. Allí pudo dedicarse a estudiar, escribir y disfrutar un tiempo sin tener que pensar en el dinero. Vivió intensamente este período, aun sufriendo el clima de Inglaterra que debilitaba su salud.
En Cambridge, Sylvia fue la estudiante americana espectacular y atractiva; “casi la chica ideal, inteligente, segura, enérgica, serena y decidida”, así la describían sus compañeros.-
Sin embargo, el alejamiento de su familia, los reiterados resfríos y gripes, el esfuerzo por seguir el plan de estudios que se había fijado y su necesidad de ser siempre la mejor, hicieron que a mediados de febrero del ’56 se hallara sumida otra vez en la depresión.
Pero ahora, un encuentro inesperado, cambiaría su vida: el 25 de febrero de ese año, en la presentación de una revista literaria, conoció a Ted Hughes. Bailaron, bebieron cognac, hablaron de poesía y se besaron en una habitación aislada. Escribia Sylvia en su diario:
...me he enamorado irremediablemente, lo cual sólo puede acarrearme un gran dolor. He conocido al hombre más fuerte del mundo, ex alumno de Cambridge, brillante poeta cuya obra estimaba antes de conocerle, un Adán alto, desmañado, saludable...con voz de trueno...cantante, narrador de historias, león y trotamundos, un vagabundo que jamás se detendrá.
Sylvia y Ted ya no se separaron más; se casaron el 16 de junio de 1956.
Como Ted tenía rápido éxito como poeta, Sylvia consideró, en ese momento, la obra de él más importante que la suya. Entonces se ocupó de la casa, de pasar a máquina los manuscritos de Ted y de preparar sus propios exámenes. No le quedaba tiempo para mucho más.
Cuando Sylvia completó sus estudios en Cambridge, la pareja se trasladó a Estados Unidos, donde ella impartió clases en su viejo College. Pero al poco tiempo se le hizo insoportable y empezó otra etapa de inestabilidad. Se desató entre la pareja, una soterrada competencia. Él era ya un autor celebrado; ella, bloqueada temporalmente en su propia escritura.
Decidieron volver a Inglaterra para dedicarse exclusivamente a escribir.
En Inglaterra nacieron los dos hijos del matrimonio: Frieda y Nicholas. Habían comprado una casa de campo en Devon, cerca de Londres. Pero Sylvia se sentía allí sola y aislada y llena de obligaciones. Empezó a requerir atención y ayuda de su marido, pero él se sintió acorralado y molesto, pasaba mucho tiempo fuera. Surgieron entonces, los celos de Sylvia. Justificados. Ella no podía soportar que él se fijara en otras mujeres. Él era incapaz de vivir bajo ese régimen de posesión. A mediados de 1962, finalmente Sylvia decidió separarse de su esposo e irse a vivir a Londres, con sus hijos. Allí inició su última y más febril etapa creativa, escribiendo sus mejores poemas, aquellos que se publicarían después de su muerte, en el libro Ariel, editado por el propio Ted Hughes.
Apenas un año después de la muerte de Sylvia, su vida y su obra empezaron a ganar una celebridad sorprendente: cantidad de artículos, estudios, biografías, películas.
Ted Hughes, dueño de los derechos de autor, fue el encargado de editar toda su obra y decidir su publicación: compilar los poemas, recuperar inéditos, dar a conocer sus diarios.
En 1981 se publicaron sus Poesías completas, también preparadas por Hughes. El libro recibió el Premio Pulitzer de poesía, raramente otorgado a título póstumo.
Sylvia Plath es una mujer importante no por haberse suicidado, o por haber estado casada con Ted Hughes, o por ser un símbolo del feminismo. Es importante porque, habiendo sufrido, ella tuvo la necesidad y la valentía absoluta de mirar y expresarlo todo con una sinceridad a veces escalofriante.
Suele hablarse de ella como de una americana en el extranjero. Ella decía que se encontraba mejor en Europa que en su propio país, aunque sí echaba de menos a sus familiares. Sylvia era una persona que se hubiera sentido extranjera en cualquier país. Como dice en su novela semi-autobiográfica La campana de cristal, "[...] tenía que estar pasándomelo en grande, [...] tenía que estar ilusionada como las otras chicas, pero no conseguía reaccionar. Me sentía quieta y vacía [...] como el ojo de un tornado, moviéndome sin ninguna fuerza..."
Y es tras el viaje a Nueva York, cuando experimenta estas sensaciones, cuando, tanto en la novela como en la realidad, ella intenta quitarse la vida por primera vez.
Sylvia Plath es como una heroína trágica, como un símbolo para la humanidad ante el peligro del suicidio. O más bien, ante el peligro de dejar morir su vida espiritual, porque en el estado en que se encuentra el mundo moderno parece ser que la muerte de lo espiritual es necesaria para sobrevivir. Sylvia Plath prefirió volver a la tierra antes que dejar morir esa parte tan esencial.
En su epitafio a Sylvia Plath, Anne Sexton cita un fragmento de una carta de Kafka: "Un libro debería ser como un hacha ante el mar congelado que tenemos dentro".
Y Syliva Plath fue una mujer que dio hachazos por el mundo por medio de su arte.
Un poema del libro Ariel:
Lady Lazarus
Lo logré otra vez,
Me las arreglo —
Una vez cada diez años.
Especie de fantasmal milagro,
mi pielBrillante como una pantalla nazi,
Mi diestro pie
Es un pisapapel,
Mi rostro un fino lienzo
Judío y sin rasgos.
Descascara la envoltura
Oh, mi enemigo,
¿Aterro acaso? —
¿La nariz, las cuencas vacías, los dientes?
El apestoso aliento
Se desvanecerá en un día.
Pronto, muy pronto, la carne
Que la tumba devoró
Se sentirá bien en mí
Y yo una mujer que sonríe.
Tengo sólo treinta años.
Y como gato he de morir nueve veces.
Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
Eso de aniquilarse cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud mascando maní se agolpa
Para verlos.
Cómo me desenvuelven la mano, el pie —
El gran desnudamiento.
Damas y caballeros.
Estas son mis manos
Mis rodillas.
Soy tal vez huesos y pellejo.
Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió tenía diez.
Fue un accidente.
La segunda vez pretendí
Superarme y no regresar jamás
Oscilé callada.
Como una concha marina.
Tenían que llamar y llamar
Recoger mis gusanos como perlas pegajosas/
Morir
Es un arte, como cualquier otra cosa.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Lo hago para sentirme hasta las heces.
Lo ejecuto para sentirlo real.
Podemos decir que poseo el don.
Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Muy fácil hacerlo y no perder las formas.
Es el mismo
Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:
“Milagro!”
Que me liquida.
Luego una carga a fondo
Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.
Y hay otra y otra arremetida grande
Por una palabra, por tocar
O por un poquito de sangre
O por unos cabellos o por mi ropa.
Bien, bien, está bien Herr Doktor.
Bien.Herr Enemigo.
Yo soy vuestra obra maestra,
Su pieza de valor,
La bebé de oro puro
Que se disuelve con un chillido.
Me doy vuelta y ardo.
No creas que no valoro tu gran cuidado.
Ceniza, ceniza —
Ustedes atizan, remueven.
Carne, hueso, nada queda 00
Una barra de jabón,
Una alianza de bodas.
Un empaste de oro. Herr Dios,
Herr LuciferCuidado.
Cuidado.
Desde las cenizas me levanto
Con mi cabello rojo
Y devoro hombres como el aire.
[1] Plath, Sylvia: Cartas a mi madre. Edit. Mondadori. Barcelona, 2000.
[2] Wagner-Martin, Linda W.: Sylvia Plath. Edit. Circe Bolsillo. Barcelona, 1997.
Laura Forchetti
Audio poema a Sylvia Plath de Laura Forchetti
Audio poema a Sylvia Plath de Laura Forchetti







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